Un ejército de personas con “algo” chistoso en la cara

CRÓNICAS DIGITALES

Jonathan Alberto Villar Maldonado

worm's-eye view photography of concrete building
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Un ejército de personas con “algo” chistoso en la cara

Ciudad de México (diciembre 2021) - "Una mañana te despiertas y pum, el mundo ha cambiado". Esa sería la frase de película que usaría para nombrar el momento en el que todos comenzamos a usar cubrebocas, el día que marcó la diferencia entre la tranquilidad y el caos. El día que, según los bullicios en la calle, pasaría pronto.

Algunos decidieron usar mascarilla desde el 25 de febrero de 2020, día en el que se dio a conocer en las noticias el primer caso de coronavirus en México. Otros, optaron por hacer caso a lo que dijeron las autoridades de salud: "El uso del cubrebocas no es necesario". Palabras menos, palabras más.

Lo que hay más allá del cubrebocas, o del día cero, como algunos medios le llaman, va quedando poco a poco en un pasado que, conforme van pasando los días, se comienza a perder entre los recuerdos de la inmediatez que nos rodea.

La vez pasada me sorprendí haciendo los deberes en casa con el cubrebocas puesto. Es más, a veces llego de la calle y no me lo quito, no porque crea que aún dentro de casa debo cuidarme, sino porque se me olvida. A veces me pregunto, ¿a más personas en sus hogares les pasa lo mismo?

Tic Tac, Tic Tac, los días siguen pasando y la esperanza de volver a salir a la calle sin cubrirse la boca por miedo a ser contagioso, va tomando fuerza. Sin embargo, hay una pregunta que me repito todo el tiempo, ¿volveremos a ser los mismos ahora que se nos permitirá salir sin usar el cubrebocas? ¿Habrá personas a las que les genere más seguridad portarlo que salir sin él?

Recuerdo que, tan acostumbrado estoy a taparme la boca, que una vez mientras comía se me olvidó quitarme la mascarilla y la cuchara con sopa chocó con la tela que cubría mis labios. Me dio mucha pena, pues estaba comiendo en la calle. Esto fue después de que el semáforo marcó naranja por segunda o tercera vez.

La verdad, nunca vi mucha diferencia entre el verde, anaranjado y rojo, pues por motivos de trabajo salí desde el día en el que más pánico había en la ciudad Desde el día en el que el semáforo epidemiológico aún no existía.

¡Miento! Sí había una diferencia

Los primeros días, cuando la emergencia sanitaria pedía a todos quedarse en casa, recuerdo que las estaciones del metro lucían totalmente desiertas, en los vagones íbamos 3 o 5 personas, a lo mucho. Con miedo o sin él, pero íbamos a donde sea que debiéramos. Mi mente aún recuerda el transbordo de la estación Chabacano, entre la línea verde y la azul, sin gente, a las plenas 7:30 de la mañana. Eso no volvió a ocurrir, y no sé si viva para presenciarlo de nuevo.

¿Que si tenía miedo? Claro que sí, nos habían dicho que sería como con la influenza, pero esos pasillos fríos y sin gente no se parecían en nada a ese año cuando mi juventud y mi vida eran maravillosas, cuando lo único que me preocupaba era pasar matemáticas con 6.

Antes de la pandemia por SARS-CoV-2, como se le conoce de manera médica al Covid-19 o coronavirus, el cubrebocas era usado únicamente por el personal médico, uno que otro raro enfermo de gripa o por los darketos. El mundo, o por lo menos la Ciudad de México, no estaba preparado para una contingencia causada por un enemigo imperceptible a los ojos humanos.

No existía una cultura de higiene y limpieza ante la presencia de un virus suelto en la ciudad que pronto mataría millas o millones de personas, y que dejaría con estragos y traumas a millones de personas más.

No quiero decir con esto que al día de hoy exista una cultura de higiene y limpieza, pero sí una conciencia de que nos debemos cuidar a nosotros y a los que nos rodean, o a aquellos que se hacen llamar: "los que más queremos". Yo amo a los míos.

Actualmente camino por la calle pensando en lo que nos lleva a ser un ejército de personas usando algo en la cara, digo "algo" porque cada quien lleva un material diferente colgado de sus orejas y que sirve para no esparcir moléculas de saliva. Así como cada cabeza es un mundo, cada cara es un cubrebocas diferente.

Se me hace peculiar, por no decir chistoso, ver a todos portando su mascarilla, pero no me causa risa la razón que nos orilló a eso. A veces, mientras camino, me siento incómodo con la situación, ir paso a paso junto a otras personas que tal vez piensen o sientan lo mismo que yo, y que, de alguna forma, en la cabeza de alguien más, yo también sea parte de ese ejército de personas con cubrebocas o algo chistoso en la cara.