El Castillo del Agua: Crónica de un viaje por el monte encantado

CRÓNICAS DIGITALES

Jonathan Alberto Villar Maldonado

worm's-eye view photography of concrete building
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El Castillo del Agua: Crónica de un viaje por el monte encantado

El pozo de agua

Un arco gigante, en medio de árboles, pinos y zorros, nos da la bienvenida en Huayacocotla, Veracruz, un hermoso pueblo en la Huasteca Potosina, ubicado entre Hidalgo, San Luis Potosí y Veracruz. El frío aquí cala hasta los huesos, y las nubes vuelan al ras del suelo.

Mantener el cuerpo caliente es casi imposible, incluso con cobijas o una taza de café, debido al singular frío que se siente a 2100 metros sobre el nivel del mar. ¿Lo conocen? Es un pueblito, que, a simple vista, no tiene mucho que ver, pero que esconde magia en cada soplar del viento. Ya verán por qué se los digo.

En este lugar, es donde nació Isabel Maldonado, mi mamá. Solía ser nuestro lugar favorito cuando éramos niños. Por las noches, cuando llegábamos de México*, mi abuelito Samuel Maldonado nos llevaba al rancho de Potrero Seco, a dos horas de caminata cuesta abajo por el monte.

El camino estaba lleno de veredas, caminos pedregosos, arroyos y las historias de brujas y gnomos que nos contaba para asustarnos. Aún recuerdo los caminos llenos de lodo, el olor a tierra mojada con toques de pino y los pantalones sucios por todos los resbalones que nos dábamos al bajar al rancho.

En lo profundo del bosque infinito, encontrábamos la casita de madera de Ana Tolentino, mi abuelita. Siempre nos esperaba bajo la luz de una vela encendida, pues no había luz eléctrica, tarros de barro, un molino de maíz y el humo de ocote que anunciaba la hora del café.

Mi abuelito solía contar leyendas sobre brujas que llamaban a las personas por su nombre, espíritus que lanzaban trastos al aire, montes que se abrían una vez al año y duendes que trenzaban a los caballos perdidos en el bosque. No por nada a este pueblo le llaman “La Serranía Encantada”.

Recuerdo que nos llevaba a caballo a un lugar especial, un espacio en medio del monte donde nacía el agua. Siempre decía que el agua de ese pequeño pozo, no más ancho que un metro, fluía hasta el mar. No sin antes, pasar por arroyos que regaban las casas y pueblos cercanos, luego se unía a ríos y así llegaba al mar.

Mi madre asegura que ese pozo existe desde que ella era pequeña, pues ahí iba todos los días por el agua para tomar, lavar y bañarse. También, dice que es el lugar al que iremos a vivir cuando el agua en la Ciudad de México se agote.

Aunque parece imposible, ¿cómo podría escasear el agua si la Tierra está compuesta en un 70% por ella?

El fin de una civilización

“A principios de la década de 1970, el Club de Roma, fundado en 1968 por un grupo de científicos y políticos, encargó a investigadores del MIT que elaboraran un informe sobre la sostenibilidad a largo plazo de nuestro planeta. El resultado fue alarmante: el programa predijo el fin de la civilización tal como la conocemos para el año 2040.

Este fragmento forma parte de un artículo de la revista Muy Interesante, titulado “¿Será 2040 el comienzo del fin de la civilización?”. Yo lo leía mientras el termómetro en la Ciudad de México superaba los 32 grados centígrados un 10 de mayo de 2024, el mismo día en que se avistaron auroras boreales en pleno Trópico de Cáncer.

Nunca antes había sentido tanto calor en toda mi vida. Ese mismo día mi mamá, con un tono muy serio, dijo: “Deberíamos irnos a vivir a Huaya”.

“Con este calor insoportable, no me parece mala idea”, respondí un poco enojado. “Además, allá el agua nace y nadie la aprovecha”.

Por aquellos días, en la alcaldía Iztapalapa, sufríamos escasez de agua. A pesar de ser viernes, día en que normalmente llegaba a mi casa, el suministro no aparecía. Una vecina nos regaló tres botes de agua que saqué de su cisterna, también casi por acabarse.

“Espero que llegue mañana sábado”, comentó la vecina. “Si no, quién sabe qué vamos a hacer”.

“Sí”, asintió mi mamá con preocupación, “aunque sea solo para el baño”.

Un desastre ecológico

El sábado, mientras esperábamos que el agua llegara para subir la bomba y llenar los tinacos que apartarían el agua de toda la semana, mi incertidumbre por la sequía que atravesaba el país me llevó a investigar acerca de la falta de agua en varias partes del mundo.

Entre noticias, documentales y amarillismo, encontré que una civilización antes que la nuestra, probablemente había desaparecido a causa de la escasez del agua y la sobreexplotación de recursos naturales. ¡Les cuento lo que encontré!

Existen hipótesis que indican que los Mayas, en Yucatán, desaparecieron a causa de desastres ecológicos causados por sobreexplotar bosques y agua para crear el estuco, material que ocupaban para construir sus monumentales pirámides, incluido el castillo del agua, mejor conocido como la pirámide de Kukulcán y una de las 7 maravillas del mundo moderno.

Otros hallazgos antropológicos, como el de Estrada Belli, sugieren que los mayas usaron sus recursos naturales para construir canales y terrazas para distribuir el agua y enriquecer los suelos.

¿Por qué se le conoce como el Castillo del Agua? Según información del documental Exploración Maya: Construcciones y Astronomía, del canal de YouTube History Latinoamérica, la pirámide de Kukulkán se construyó sobre un cenote de agua, inaccesible en la actualidad.

Se encontró que este cenote es el canal de comunicación con el inframundo, y podría ser lo que en la cosmología Maya se le conoce como el camino a Xibalbá.

Es fascinante cómo la historia, la ecología, los mitos y las leyendas se entrelazan, pues los Mayas, al igual que los pobladores de Huayacocotla, también creían en duendes, aunque para la cosmología Maya, el nombre de estas criaturas mágicas era el de aluxes, los guardianes del cenote sagrado.

Parece imposible que los Mayas y los habitantes de Huayacocotla tengan algunas similitudes. Quizás, un viaje de regreso a Huaya, me ayude a descubrir más sobre estas conexiones y encontrar respuestas para nuestro tiempo.

Del Monte al Castillo del Agua

El aire de Huayacocotla se espesa, como si el tiempo se hubiera detenido, frente a mí: el pozo de agua. Me siento a un lado, para respirar el aire puro y fresco de ese monte lleno de árboles, musgo, cochinillas, algunas flores amarillas, y el cantar de los pájaros.

Solo con la inmensidad del monte, me dan escalofríos al recordar las historias que mi abuelito nos contaba cuando era niño. Ese día decidí ir solo al pozo de agua, ya que ninguno de mis hermanos y primos quiso ir conmigo: estaban disfrutando del baile de los viejos, como le dicen cuando hombres vestidos con trajes típicos y máscaras bailan en el patio de las casas del rancho, con motivo de la celebración del carnaval en honor a Padre Jesús.

Mientras camino de regreso hacia la casa de mis abuelitos, escucho al viento susurrar mi nombre. Imposible, el viento no habla y los fantasmas no existen. Sé valiente, Jonathan, ya casi llegas.

Una vez más escucho mi nombre; la historia que mi abuelito nos contaba en las noches para asustarnos, estaba volviéndose realidad. Solo es mi mente y el miedo que comienzo a sentir, me dije agitado, pues para ese momento ya estaba corriendo.

Jonathaaaaan, se oye gritar al viento, corro más fuerte, pero, por inercia, volteo. En ese momento, recuerdo la historia de la Tlalchana. Este ser mítico, es un ser híbrido, humanoide con cuerpo de mujer y cola de pez o serpiente acuática. Según las historias locales, ella cautiva a los hombres con su belleza antes de arrastrarlos hacia las profundidades acuosas para siempre.

Aunque ni siquiera la vi, mi corazón palpitaba al mil y mi cabeza con un dolor horrible. Al ponerme de pie, quise seguir corriendo, pero el camino ya no era el mismo.

Lo que antes era el humo de la casa de mi abuelita, ese que anunciaba la hora del café, ahora era una puerta humeante en la cima de lo que, a primera vista, parece la torre de un castillo tapizado de estuco, escalinatas inclinadas y la representación de una serpiente emplumada en la base.

El descenso: Un encuentro inesperado

En mi descenso por la pirámide maya, me enfrento a ciertos obstáculos. Al ser un lugar sagrado, poco tenía que hacer allí. Al explicar mi búsqueda de respuestas sobre el origen de la escasez, me encuentro con un ser mítico de la cosmogonía maya: Chaac, el dios de la lluvia.

Lo veo justo antes de llegar al cenote sagrado, la entrada al inframundo, el viaje a Xibalbá, donde residen los dioses de la cultura maya. Aunque solo puedo ver las inscripciones mayas sobre las paredes, Chaac se materializa ante mí con un mensaje indescifrable.

No me permite llegar al cenote sagrado, ya que no pertenezco a esa cultura ni a ese año. Mi creencia no permite cruzar ese portal. Sin embargo, los mayas dejaron inscrito un mensaje: “Nunca más un ser humano volverá a ver el cenote sagrado sin antes cumplir su misión en esta vida”.

Esa misión es cuidar el agua, el vínculo entre el presente, el pasado y el futuro. El agua, en sus diversas formas, ha estado siempre en la Tierra. Es la que da vida al único mundo habitable en millones y millones de años luz dentro del universo.

Este milagro no puede extinguirse. Por eso, el llamado de los mayas es claro: debemos evitar desastres ecológicos como el que ellos mismos ocasionaron en el año 900 d. C. Es un recordatorio para reflexionar y motivar a otros a cuidar el agua.

Regreso a casa: Reflexiones sobre el futuro

Confundido y maravillado por haber pisado las entrañas de la pirámide de Kukulkán, comienzo a caminar por la selva. El frío cala hasta los huesos, y las nubes vuelan al ras del suelo mientras me sumerjo en la vegetación. Un eco susurra mi nombre, corro, volteo y, en segundos, me encuentro viendo al cielo, tirado sobre el pasto, en algún lugar del bosque de Huayacocotla.

“¿Qué te pasó, hijo? “Salimos a buscarte desde el atardecer y apenas te encontramos”, dice mi mamá con lágrimas en los ojos.

“No sé qué pasó. Solo vine a llenar mi botella del pocito y…” Mi tío no me deja terminar.

“Y te caíste con este tronco, golpeando tu cabeza con el pocitoooo”, sugiere mi tío con un tono casi burlón.

“Sí, seguro eso pasó”, respondo.

Probablemente mi visita al centro de la gran cultura maya no fue una realidad, pero me alegra tener una imaginación que me hizo estar en ese lugar, justo un día después de la desaparición de los mayas. ¿Cómo lo sé? Una corazonada.

Y así, mientras espero la llegada del año 2040, cuando, según hipótesis, la civilización llegará a su fin a causa de algún desastre ecológico, miro por la ventana de mi habitación, sí como final de película del 2012, y sonrío al pensar en que, de alguna manera, casi mágica, los mayas se habían colado en otra historia sobre el fin del mundo.

¿Será que realmente fueron una civilización tan avanzada que muchas de las respuestas a preguntas del presente, están inscritas en su legado astronómico, cultural y arquitectónico?

No sé si los Mayas tienen la clave para evitar los desastres que se avecinan, o si Huayacocotla realmente es la Serranía Encantada, pero lo que sí sé es que aún estamos a tiempo de detener nuestra propia extinción.

¡Cuidemos el agua y los recursos naturales! Nos vemos en 2040.

Cibergrafía:

https://www.water-co.com/post/2018/02/13/reflexiones-sobre-el-agua-y-los-mayas-ense%C3%B1anzas-para-el-siglo-xxi

https://www.youtube.com/watch?v=h11IeWVZv_Q&t=2365s